Es enero. De tarde. El sol está cayendo. Llego solo a Olegario. No hay apuro. Sentarme a mirar pasar gente con un vermut en la mano, comer algo simple y dejar que la tarde haga lo suyo me parece un planazo. Olegario entiende ese código.
La vereda es todo. Mesas chicas, pocas y disputadas. Un lugar para sentarse solo, con un plato de fiambre y una copa, quizás un libro, y tirar el teléfono al carajo. En verano la picada funciona mejor así, al aire libre, con un vermucito que no interrumpa la charla interior.
Pero hace tanto calor que me termino yendo para adentro. En el salón está fresco, pero el ambiente se mantiene. Olegario toma la estética de un viejo almacén español, con una ambientación vintage, algo underground y cálida.
Es pequeño, tranquilo y sin estridencias. Suena un playlist de Babasonicos. Nada parece forzado. Todo está ahí porque tiene sentido. La atención acompaña ese espíritu: correcta, cercana, sin sobreactuar.
La comida es simple y riquísima. Tapeo español y argentino, platitos pensados para compartir o para resolver una comida solo. Los quesos y los panes son de muy buena calidad, las picadas están bien armadas, con algunos ingredientes premium.
Las empanadas de vacío con provolone y las de morcilla funcionan como bocados de bar clásico bien hecho. Las tablas de fiambres y quesos son su fuerte y justifican volver a probarlas todas. El vitel toné aparece como highlight inesperado y cumplidor.
Olegario vende vermú (tienen 17 etiquetas) y comida rica. Eso define todo. No intenta ser otra cosa. Es una vermutería de verdad, de las que entienden que el ritual importa tanto como el producto.
Por eso sirve vermut Pichincha. Comparten valores: tiempo lento, comida honesta, buenos productos, calle, vereda y barrio.
Está a pasos del Museo Castagnino, en zona de Tribunales, pero podría estar en cualquier ciudad donde el vermut o el vino todavía sean una excusa para frenar.
Es un lugar precioso, con pocas mesas, donde casi siempre cuesta conseguir lugar y reservar termina siendo casi obligatorio. Y está bien que así sea. Algunos lugares no están hechos para la rotación, sino para quedarse un rato más.
Carta y precios.




