¿Por qué nadie me dijo que se come tan bien en Alvear y 9? Pedí una parrillada con de todo y comí igual de bien (o mejor) que en cualquiera de las parrillas clásicas de Rosario, pero pagando un 10% menos. Y creo que comí la costilla más larga del mundo.

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Algunas personas la conocen como «la parrilla del inglés», por el dueño original, que tenía apellido británico aunque era argentino. El origen del restaurante se remonta a la antigua parrilla La Herradura, un antiguo lugar icónico que quedaba en la bajada Sargento Cabral.

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La atiende la misma gente desde hace 33 años. La cocina sigue siendo la misma. Son todos mozos de oficio: tipos grandes, muy experimentados, con delantal blanco. Que te orientan con las porciones para pedir, y te dicen qué sale bien.

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El salón es relajado, espacioso, las mesas tienen buena separación y el mobiliario es cómodo. Te dan ganas de quedarte charlando. Y la comida está muy pero muy bien. Fui con un amigo: comimos increíble y nos atendieron de primera.

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Primero vinieron las empanadas de carne. Exquisitas. Fritas, con masa crujiente, jugosas y con mucho verdeo.

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Las mollejas a la parrilla vienen cortadas finitas, bien grilladas, como en los lugares que saben hacerlas: doradas y cero chiclosas. Sabrosas, con el condimento justo y muy bien de sal.

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La costilla es de las más voluminosas que vi en mucho tiempo. Una escopeta con una buena sección más finita, casi crocante, y una parte ancha con mucha carne adobada por la misma grasa fundida del corte. $39.000 esta porción me pareció un regalo.

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Las papas las pedimos con una lluvia de provenzal, con ajo y perejil frescos picados. La mejor guarnición posible.

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Comimos también un entrecot, bien jugoso y alto como un edificio: una pieza de carne digna de estar exhibida en el Louvre. Lo sacaron al punto justo que pedí.

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Al final nos tomamos un heladito, porque sí, porque nos alcanzó el estómago. Cerrando una cena tremenda, obviamente acompañada por un malbec. No entiendo cómo se habla más de este lugar. Se come maravilloso.

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El ambiente es lindo, familiar, descontracturado. Tiene esa atmósfera de casa antigua: techos altos, aberturas pintadas de oscuro en contraste con las paredes blancas y el verde de mesas y sillas. Adornos campestres, aroma gaucho y cuadros de caballos.

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El público es, en su mayoría, gente grande, algunas parejas de treintañeros y familias sin chicos chiquitos. Me encantan estos lugares. Es señal de que se come bien: la gente mayor no tira la plata en modas, va a lo seguro. No hay tanto bochinche.

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Precios: están muy bien. Una pareja que come una empanada cada uno, comparte una porción de carne (son grandes) con una guarnición y toma dos gaseosas o un vino entrada de gama tipo Cordero con Piel de Lobo, gasta alrededor de 70 lucas.

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