En una verdulería perdida del barrio del Abasto encontré una marca de pastas que terminaron siendo un secreto gastronómico de pueblo bien escondido. Se llaman Graselli y son una joya familiar de Centeno, a 100km de acá. Hacen unos sorrentinos tremendos.
Fue un amigo el que me dijo que tenía que probar esas pastas. El lugar se llama Vito Mercato, está en Cerrito 955. Las pastas son muy conocidas en su zona pero recién hacen pie en Rosario en el local que puso una de las hijas de los dueños de la fabrica. Buenísimas y baratas.
Tiene verduras como gancho pero la posta son las pastas congeladas. Compré unos sorrentinos, los probé y volví por más. Me quedé charlando con la chica que atiende, que resultó ser la dueña (y profe de historia!), y me contó que las pastas las hace su familia y allá son famosas.
Son gastronómicos de toda la vida que tienen un servicio de catering y en la pandemia sumaron la fábrica como una ramificación del negocio. Arrancaron con la receta de ravioles de la abuela. Con el hermano vinieron a estudiar a Rosario y pensaron en abrir una boca para venderlas.
Abrieron hace dos meses y ya tienen buena repercusión de los vecinos. Hacen tallarines cinta fina y ancha, de espinaca al huevo y también con tinta de calamar; sorrentinos, ravioles, canelones y lasagna armada. Todo en presentaciones de medio kilo, pensadas para dos personas.
Las pastas son caseras, congeladas y sin aditivos ni conservantes. No están pensadas para durar a fuerza de química, sino para conservarse y mantener un perfil más cercano a una pasta hecha en casa. La receta manual fue adaptada a máquina, pero sin perder el espíritu original.
También te venden la salsa hecha, por si querés resolver rápido (tienen una de bagna cauda que es una BOMBA). Si no te podés llevar las verduras, crema, queso y otros productos para acompañarlas, para llevarte la comida completa sin pasar por tres negocios distintos.
Los sorrentinos son espectaculares. La masa banca bien la cocción: apenas levantaron, los saqué al dente. Buena mordida y relleno. Adentro tiene lo que dice. Sin pan rallado ni trucos para estirar. Los de bondiola son riquísimos, y los de calabaza y muzza estallan de relleno.
A los de cerdo les puse una filetto y a los de calabaza y queso le hice una crema al verdeo y puerro, quedó buenísimo y mi mujer los festejó. Precio-calidad, muy bien: sorrentinos desde $8100, los de bondiola más caros a $12000. La segunda vez me llevé fideos que aún no probé.
En una ciudad donde cuesta instalar una marca nueva si la gente no la conoce, la apuesta de los chicos es ir de a poco, con un producto ya testeado en su lugar de origen, y dejar que hable el plato: buena materia prima, receta familiar y pasta pensada para que la gente vuelva.





