Hace un frío bárbaro. Espero el Uber con hambre. Mi amigo me escribe: «Ya estoy acá». Me manda foto de la mesa en Filippa’s. Lo envidio. Me quiero sentar a comer ya. Puedo imaginar el olor a pizza que flota en el aire del restaurante. El calor del horno y una buena charla.
Entro. Está Lleno un martes a la noche, día 19 del mes, helado. El resto de Pichincha era casi todo una lágrima. El poder de tener un buen producto, un local bien ubicado y una marca reconocible.
Mi amigo ya está ahí. Sonriente. En su mano, un vaso de vermut Pichincha. En la mesa, unas focaccias con babaganoush de cortesía. Todo empuja a lo mismo: caer con apetito, pedir algo para comer y beber, y dejar que la mesa se descontrole un poco.
La propuesta de Filippa’s mezcla pizza napolitana, focaccias, fainá, platos típicos italianos (mucha fritanga divina) y pastas con una identidad muy marcada. Es una suerte de cantina urbana: vermut, vino, buenos platos para pedir variado y compartir, y cero solemnidad.
Me pido unos arancini, unas croquetas de arroz cremoso en forma de cono típicas de la región de Sicilia, rellenas con queso muzzarella y pepperoni. Mi amigo las aceitunas verdes rellenas de carne braseada, rebozadas y fritas.
La marca está muy presente, pero no tapa lo importante. Se ve en los detalles estéticos como el altar a Diego y la bufanda del Napoli, la bandera italiana, la música tana. Pero el centro sigue siendo el producto, no los chiches: la masa, la salsa y el horno. La comida.
Los platos tienen esa cosa italiana que te entra por los ojos antes de probar. La pizza sale con borde inflado, salsa roja y queso generoso. Las pastas son frescas y caseras, con salsas respetuosas y sin decoración al pedo. Todo está para dar sabor.
Tuvimos que probar los agnolotis al Plin, que hace poco ganaron un premio en el campeonato nacional de pastas frescas. Se rellenan con carne braseada y panceta ahumada, y lo sirven con un fondo de cocción magnífico, almendras caramelizadas y una lámina de jamón crudo crocante.
Yo fui fuerte al medio y pedí los rigatoni alla carbonara romanos. Maravillosos. Buena mordida, la salsa a base de panceta, huevos, queso parmesano, aceite de oliva y pimienta negra tenía la consistencia perfecta.
De postre decido ir por el helado de pistacho casero (le ponen una crema de tiramisú, pistachos caramelizados y una reducción de licor Averna), y también le sumamos unos cannoli, el clásico dulce siciliano relleno de mascarpone, ricotta, chocolate blanco y crema de pistachos.
Apuro el último trago de Pichincha, cuyo sabor me recuerda que seguimos en Rosario. Hemos comido muy bien. Salimos a la calle hecha un páramo. Nos despedimos con un abrazo caluroso. Filippa’s es para ir sin hacerse el medido. Pedís de más, comés de más y salís bastante feliz.
Le agradezco a @vermutpichincha la oportunidad de reseñar todos los bares que lo sirven. Armando una cartografía de los locales que apuestan por el mejor vermut artesanal 100% hecho en Rosario del mercado. Si no lo conocen, ya lo tienen que probar.
PRECIOS
Aceitunas rellenas 11200
Arancini 10900
Rigatoni 22700
Agnolottis 24700
Cannoli 11900
Pistacho 15800
Cubierto 2000




