A veces no quiero salir a comer algo muy elaborado: solo pedir una Coca de vidrio de 1.25 bien helada y una tabla de rebozados con la fritanga más fritanga. Rabas, mila de carne cortadita, supremitas de pollo, bastones de muzza y una montaña de papas fritas. Bon apetit.
La mayoría de la gente que me pide recomendaciones quiere tres cosas: que sea rico, abundante y que no salga caro. Jimmy es uno de los primeros que se me viene a la cabeza cuando se trata de grupos y comida que salga rápido para comer con la mano.
En una época en la que todo el mundo cuenta el mango antes de salir a comer, este clásico de Pichincha apuesta por una fórmula que nunca falla: platos generosos, cocina veloz y una carta pensada para compartir, que permite bajar el precio por cabeza.
En la esquina de Brown y Richieri, Jimmy lleva 25 años siendo parte del paisaje gastronómico del barrio. Hace una década, dos socios jóvenes se hicieron cargo del lugar, le lavaron un poco la cara y simplificaron una carta que antes era interminable.
La idea fue orientarla a un público más joven, con pizzanesas, picadas, papas , carlitos y pizzas. Una cocina dinámica, abundante y al hueso, de esas que funcionan tanto para salida en familia como para una juntada de amigos o una previa antes de un recital o boliche.
El local tiene su propia onda. Mucha madera, los clásicos boxes que invitan a quedarse un rato largo, una barra enorme que da toda la vuelta en el centro del salón y un espejo grande al fondo que tiene algo de embrujado.
Afuera, una vereda ancha y llena de mesas que, cuando el clima acompaña, se convierte en una extensión del comedor. Un espacio informal, cómodo y sin pretensiones, donde lo importante pasa por la mesa.
Es viernes a la noche. Las mozas van y vienen sin parar, el salón está lleno de conversaciones, música agradable y mesas largas. Predominan los grupos de amigos, muchos treintañeros, y las parejas de adultos jóvenes.
Se puede hablar sin levantar demasiado la voz, aunque queda claro que acá la noche suele alargarse. Jimmy tiene ese movimiento de los lugares que ya son parte de la rutina de un barrio.
La carta está diseñada para pedir para compartir y probar un poco de todo. La tabla Veranito es una buena síntesis de esa filosofía: un despliegue de frituras, crocantes y sabores conocidos, ideal para poner en el centro de la mesa y atacar entre varios.
También hay opciones más contundentes, como las albóndigas Jimmy, de ternera con tuco casero y mozzarella, coronadas con dos huevos fritos y panceta. Un plato potente, bien de bodegón, que convierten una receta sencilla en una comida abundante.
La provoleta, con orégano y ají molido, es otro elemento del repertorio de clásicos que funcionan como entrada o para seguir picando mientras llega el resto. En ese sentido, Jimmy cumple con una fórmula que sigue teniendo mucho sentido.
La propuesta no busca reinventar la gastronomía ni jugar a la sofisticación. Su fortaleza está en entender qué quiere comer buena parte del público cuando sale con amigos: platos reconocibles, porciones generosas y una relación precio/cantidad que permita disfrutar sin sufrir.
Para el final hay dos clásicos que van directo al repertorio de los postres de siempre. El brownie de chocolate y nueces con una bocha de helado, y el flan bien casero con dulce de leche y crema. Dos opciones para cerrar una comida que apuesta por los sabores familiares.
Jimmy pertenece a los mismos dueños de Chamuyo Comedor y La Cuchara Colorada, dos propuestas con presencia en Pichincha Vieja/Barrio Olmedo. Su recorrido de 25 años y la renovación que tuvo hace una década explican parte de su vigencia.
Jimmy entiende algo bastante básico, pero cada vez más valioso: salir a comer tiene que seguir siendo un plan posible, con comida rica, abundante y una cuenta que se pueda repartir.
PRECIOS
•Tabla Veranito (comen 4 pican 6): $84.500
•Albóndigas Jimmy: $21.500
•Provoleta: $16.200
•Coca-Cola de vidrio 1,25 l: $9.800
•Brownie con helado: $13.800





