Cada vez que vamos a Chamuyo, comemos mejor. Sin hacer ruido, desde hace dos años viene cumpliendo un papel notable en la gastronomía rosarina. Mucha gente todavía no lo tiene en el radar, pero el boca en boca entre quienes ya pasaron por ahí es claramente positivo.
Para arrancar con Lucio (mi hijo de 13) pedimos empanadas de asado, que son la gloria. Están hechas con tapa de asado en doble cocción: primero al horno en caldo, después cortada a cuchillo y terminada en olla. Son fritas, sequitas y crocantes. Vienen en versión dulce y salada. Un lujo.
Yemi, que es veggie, eligió los buñuelos de acelga y parmesano con chutney de tomate. Gran entrada, con una combinación muy lograda de sabores y texturas.
Lucio tiene una teoría firme: la milanesa napolitana no va. Dice que si una milanga se banca sola, no necesita salsa que la humedezca. Así que pidió la milanesa de entrecot, sin napo, con papas bastón. Su veredicto fue claro: «el sabor es excelente».
Mi mujer fue por los sorrentinos de batata y berenjena a la mediterránea, con tomates cherry, albahaca, nueces enteras, aceite de oliva y tuco casero. Hermosos. Rico y abundante. Plato de bodegón con pretensiones gourmet bien cumplidas.
Yo pedí la entraña con emulsión de pimientos asados, acompañada de papas y un fondant de panceta y puerro, con una caramelización agridulce entre ambos sabores. Impecable.
El postre la rompió. Hacen sus propios helados con una máquina italiana. El de pistacho con sal marina tiene una densidad perfecta en boca. Además pedimos la degustación, que trae también dulce de leche (estaba apenas cristalizado, a mejorar), chocolate 70% y frutilla (buenísimo).
La comida fue una fiesta. No es común irse de un lugar tan satisfecho con todo lo que se comió. No diría que es barato, pero estaba lleno mal a mediados de enero y, después de esta experiencia, se entiende perfectamente por qué.





