La Farola es una perla escondida en el centro de Rosario donde se come muy bien: comida hogareña, porciones abundantes, y una de las mejores relaciones precio-calidad de la ciudad. Mezcla un espíritu de bodegón con estética retro, de bar notable. Y está montada en un lugar muy particular. Pero sobre todo: tiene AURA.

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Está ubicada en un lugar medio único. No es Pichincha, no es Pellegrini, y está en una zona del centro en la que de noche todo está cerrado. Es como un auténtico faro en calle Maipú, donde se acercan familias, parejas y grupos de amigos a comer platos clásicos.

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El restaurante se instaló en un caserón viejo de 1800 que fue uno de los primeros de Rosario. Tiene un número en el frente que la marca como la vivienda número 182 de la ciudad, de la época en la que las calles no tenían nombre y se numeraban las casas según se iban construyendo.

La propiedad es tan antigua que los planos son de tela. La casa está construida en adobe: por eso antes de abrir se hizo un trabajo de ingeniería civil para su conservación. Los pisos (restaurados) conservan su forma original en cuadrantes de madera de pinotea.

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La Farola existe hace unos 16 años. En esa esquina supo estar la parrilla Juan y Juan, que fue furor en los 90s. Las parrillas estaban en el patio. Después pasaron otros locales, como Café Terraz, pero la mayoría duró algunos pocos años.

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El dueño tenía una rotisería cerca, su primer negocio gastronómico, y cada noche tomaba el colectivo enfrente. Miraba la casa con el sueño de tener su propio restaurante. De tanto parar ahi, se hizo conocido del que tenía el fondo de comercio, hasta que juntó plata y lo compró.

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Fue fundada en 2010 con la idea de convertirse en punto de encuentro. La carta fue pensada bajo el consejo de un viejo gastronómico, el «inglés» de Alvear y 9: «Tenés que vender comida simple, casera y sin complicaciones. Al rosarino le gusta comer bien, mucho, casero y barato».

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Los caballitos de batalla: las milanesas, pastas, las bondiolas y los platos para compartir como el matambrito de cerdo. Me gustó el Ojo de Bife (420g, generoso) que pedí bien jugoso con una rica salsa de pimientos asados, cebollas al horno y papas doble cocción (buena guarni).

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También probamos la tortilla de papa (hecha con papas españolas, mucha papa, contundente), los triángulos de muzza rebozada (muy buenos) y los canelones de ricota, muzza y verdura con salsa mixta. Un plato bien clásico, no tan sorprendente pero correctamente ejecutado.

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Los postres salen todos en porciones para dos personas: nosotros pedimos los panqueques quemados con azúcar, dulce de leche tibio y helado de americana, un triunfo de lo tradicional, pero vimos pasar flan y budín de pan que estaban ultra apetitosos y por lo visto se venden mucho.

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Vamos a hablar de algo que a todos nos llama la atención cuando pasamos por la puerta y miramos por la vidriera: los platos con un limón arriba de cada mesa. Esto es una costumbre del dueño. Son usados como amuleto que atrae la buena energía y simbolizan la familia y compartir.

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Es notoria la calidez del ambiente, tanto en la decoración (manteles a cuadros, madera, detalles de colores), como en la iluminación, la música y especialmente en el trato de cada persona que trabaja ahí, que siempre te da la bienvenida cuando llegás y te despide cuando te vas.

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Uno de mis lugares preferidos es el patio, donde hay plantas llenas de vida, que parecen querer estar ahí y le dan frescura. Porque una de las cosas que más se sienten apenas ponés un pie adentro, es una vibra liviana, acogedora. Familiar. Como deben ser los bodegones.

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