Sifón. Vermut. Fulbo en el tele. Cuadros de comida. Mozos que te dicen qué tenés que pedir. Neón. Piso de damero. Olor a café. Zona sur. Una plancha de carlitos de pollo pasa en una bandeja. Lunes a la tarde. El gran Lido. Una institución que no se rinde ante las modas.
Camino por calle San Martín y paso por la fortaleza gastronómica de zona sur. El bar se destaca entre la selva urbana por sus ventanas, por sus luces, sus colores. Pero hay algo que lo diferencia más que otras cosas. Algo infrecuente.
Mientras el resto corre a toda velocidad a disfrazarse de lo que sea trending topic en ese momento, Lido está en el negocio de la tradición: permanece incólume. Casi igual. Esa paz que otorga que algo no cambie. Que sea lo mismo de siempre. Y que «lo mismo» sea sinónimo de bueno.
En Lido hay siempre dando vueltas por las mesas platos con aroma a bodegón, minutas ejecutadas de manera magistral, rica pizza y mozos que toman el pedido de memoria y saben recomendar. Un lugar así solo puede servir vermut Pichincha.
Me siento en mi zona preferida: de la mitad hacia el fondo. Me pido un vasito de vermut apenas sodeado y observo la coreografía del bar: hay señores, hay familias, gente del barrio, personas comunes y laburantes.
Café, birra, un vasito de coca, una copita de vino, un vermut. Cada uno elige la suya. Lo importante no es lo que se bebe ni lo que se come. Es encontrarse con el otro. Es formar parte de algo más grande. Es conversar.
Pensar tanto me dio hambre. Miro la carta y me decido rápido: una cazuela de salchichas (las traen con papas fritas) y unos quesitos con pimienta y oliva para entrar en calor. Tienen sabor a hogar pero también a bar. Perfectos para el fresco del otoño asomándose que hace afuera.
Los liquido relativamente rápido. En vez de pan, impune, mojo las papas fritas en la salsa, que es absolutamente perfecta. Me pido un segundo vaso de Pichincha, que al tener base de malbec, va perfecto con el tomate.
Cavilo sobre qué más quiero. Miro alrededor. Veo en otra mesa un Carlito de pollo llegando y dudo. Pero me doy cuenta de que quiero un familiar de milanesa. Es legendario y nunca lo probé. Justo ando en busca de buenos sandwiches de milanesa en Rosario. Aprovecho y lo pido.
El especial trae-jamón-queso-lechuga-tomate, me dice de memoria la camarera. Si, ese. Llega. Es bestial. Sonrío. No me equivoqué. Buen pan (un toque tostado) y mila prístina. Sequita. Crocante afuera y suave adentro. Es RICA. ¿El secreto? Perejil y ajo frescos en la huevada.
Termino. Salgo, prendo un pucho para irme y me encuentro a una colega. Periodista experimentada. Fue mi mentora cuando empecé a laburar en gráfica hace ya casi 20 años. Está igual. Se lo digo. Se pone contenta. Yo también, al final, vine a buscar un poco de encuentro.





