Quedé totalmente tarado y sorprendido con esto que comí anoche en un restoran italo-argento de Santa Fe: es un palmerón de roquefort crocante y perfecto con nueces tostadas, peras y almíbar de vino. Para chuparse los dedos. Como banco lo agridulce, hermano. Gloria es el resto.
En Santa Fe todo es más auténtico. No todo está pensando para que sea vea bien en Instagram. Hay lugares que primero se centran en dar muy bien de comer. Gloria (Las Heras esquina Castellanos) tiene exactamente esa energía.
Es un restaurante de comida «argentana», con una mirada actual pero bien anclada en lo clásico. La propuesta gira alrededor de platos reconocibles, sabrosos y abundantes, hechos con buen producto y respeto por la cocina tradicional italiana.
La identidad mezcla lo santafesino con la influencia italo-argentina, con una atmósfera cercana y barrial, donde la comida es protagonista pero también lo es la experiencia: el ritual de sentarse, pedir, brindar y disfrutar.
Es un lugar de encuentro: se va a comer bien, a celebrar fechas, a compartir mesa y a quedarse un rato. Se siente barrial, vivo y de celebración. El sábado (San Valentín) sonaba música romántica italiana. Impecable el gusto musical de todos los lugares a los que fui en Santa Fe.
El palmerón de roquefort llegó caliente, inflado y fragante. Funcionó. Mucho. Dulce y salino bien tensados. Plato peligroso.
Los arancini estaban en un punto quirúrgico. Costra crocante, interior cremoso, arroz arborio sacado a un punto firme y corazón de muzzarella fundida con un dip de queso crema y finas hierbas. De los mejores que probamos en mucho tiempo. No sobra nada.
Con la entrada me pedí un Negroni que vino muy bien hecho. Tienen la Soda Estambul de vidrio tamaño litro. El salón está cargado de identidad local. Fotos, camisetas, héroes deportivos. Nada cool forzado. Todo coherente con la idea del lugar.
Después la pizza, que es una rareza interesante. Trabajan con fermentación lenta de lógica napolitana pero formato al molde. La masa queda alta, pero bien alveolada y liviana. Pedimos muzzarella por una razón básica: si en un lugar la muzza anda, todo anda. Sale impecable.
La milanesa de nalga a la napolitana viene en versión XXL para compartir. Estaba barbara: la carne tierna, cero nervio, buena salsa, queso generoso, rodajas de tomate y una montaña de patatines. Plato noble. Directo. Feliz.
Los postres son clásicos y sin sorpresas raras, pero la ejecución es extraordinaria: probamos el flan de dulce de leche y el tiramisú. Ambos un lujo, en especial el tiramisú: solo nos detuvo en nuestro afán de terminarlos la posibilidad de tener que irnos en ambulancia.
De los que fuimos en este viaje, es uno de los que más me gustó. Gloria no intenta reinventar nada. Juega a favor de algo más difícil: hacer bien lo que todos quieren comer. Y eso, cuando pasa, es una joda. Difícil hacer las tres: rico, grande y bien elaborado.





