Fui a comer una pizza con un amigo, y cuando salimos a fumar había una barrita de pibes de unos 12 años jugando a la pelota. Solos. 10 de la noche. Callao y Güemes. Pichincha Vieja. Usando los árboles de arco. Una postal fuera de época. Más de la Rosario en la que crecí.
Está fresco, pero ya asoma la primavera. Es martes. Llego a Callao y Güemes a las 20. Los mozos terminan de acomodar el salón y en una mesa padre e hijo piden pizza con fainá. En el TV suenan los Stones. Hay un aroma de barrio dando vueltas. Me voy a juntar a comer con un amigo.
Se siente ligeramente anacrónico sentarse en Pichincha a comer pizza al molde. En una zona acostumbrada a perseguir la próxima novedad gastronómica, este local eligió una fórmula más elemental: horno de barro, pizza alta y una mesa que no te echa e invita a quedarse un rato.
Me siento y pido un vemut Pichincha. Sodeado, nunca con pomelo. Llega con un platito de aceitunas, tostadas y queso crema. A los minutos también llega mi amigo. El vermut encaja naturalmente en la escena: como aperitivo e inductor de charla justo cuando cae la noche.
Pedimos la comida. Primero llegan dos empanadones, uno de pollo al limón y otro de espinaca y muzzarella. Después las pizzas con toppings bravos: vacío con chimichurri, fugazzeta rellena, americana con huevo frito y panceta y una de hongos salteados con ajo y perejil.
Molde parte de una tradición reconocible, pero juega con sabores actuales. Las pizzas son altas, abundantes y hechas para compartir: se venden de a cuartos, de a dos porciones.
Para las 9 el salón ya está lleno. Hay parejas, familias, grupos de amigos. Los platos se vacían, pero las mesas no. La gente sigue tomando, hablando, haciendo sobremesa.
Cerca de las diez salgo a fumar. En la vereda, los pibes patean la pelota. Ahora son más. Unos ocho. Me quedo mirándolos un rato. Es una postal extraña. Como si todavía existiera algo en esas calles que ya se fue de otros lados pero acá vuelve, o sobrevive.
El vermut y la pizza dialogan con eso. Los dos son productos contemporáneos, pero encuentran valor en ciertos rituales que el barrio conoce desde mucho antes que ellos. Comer juntos. Tomarse un Pichincha. Charlar después de que el plato se vacíe. Ocupar la vereda.
En un corredor gastronómico atravesado por aperturas y tendencias, por la repetición de propuestas y la imitación más que la creatividad, quizás la novedad más interesante sea encontrarse con una propuesta que todavía emule una cosa vieja escuela. Como los pibes que patean la pelota en la otra esquina.
Gracias @vermutpichincha por apostar a este tipo de contenido. Me encanta visitar esos rincones hermosos de los bares rosarinos para armar este mapa de aquellos lugares especiales.





